El acuerdo recientemente alcanzado sobre TikTok marca un giro histórico: los EE. UU. se suman a la idea de China y Rusia de una red global fragmentada y con reglas diferentes para cada país. El mapa de la Red que parecía estabilizado, desde que la primera oleada de cables submarinos tejió un espacio global interconectado, muestra una realidad muy diferente. Las fuerzas del mundo digital nunca dejaron de moverse. Desde hace años, dichas fuerzas que intentan separarlo se han intensificado. Su objetivo, un Internet dividido con fronteras nacionales, menos reactivo y más controlable.
El trato sellado entre Donald Trump y Xi Jinping para repartirse a los usuarios de TikTok en sus zonas de influencia, es el último movimiento.
Trump firmó el pasado jueves, una nueva orden ejecutiva, esta vez para separar definitivamente a los 170 millones de usuarios de TikTok en EE.UU., de los del resto del mundo. La nueva plataforma pasará a estar controlada por sus aliados directos como Larry Ellison, magnate tecnológico de 82 años que posee la segunda mayor fortuna del mundo. En dicho grupo, estará también la familia Murdoch, propietaria de Fox News y del grupo mediático News Corp, entre cuyos escándalos cuenta el del espionaje ilegal a políticos, famosos y víctimas de crímenes.

Desde hace un tiempo, Trump había expresado su deseo de controlar al menos el 50% de la nueva compañía. Ya no le hará falta, pues se ha asegurado un papel clave en la gestión del algoritmo. Según ha filtrado la Casa Blanca, Ellison, a través de su empresa de software Oracle, reentrenará la famosa inteligencia artificial de recomendación de contenidos de TikTok para «garantizar que se evite la manipulación indebida”, bajo supervisión directa de Trump.
El acuerdo alcanzado ofrece un TikTok dividido y supervisado por cada una de las partes. Una, estará directamente controlada por el Gobierno de los EE. UU. y sus aliados. Otra, será la plataforma global que hasta ahora funcionaba bajo la influencia china de Bytedance, empresa matriz. Y la tercera es Douyin, el TikTok chino, también propiedad de Bytedance, pero que siempre estuvo separado del resto de la red por orden de Pekín y que no permite la conexión internacional de sus plataformas digitales, para asegurar así el control y la censura del Estado.
El precio de venta que aparece en la orden ejecutiva, son 14.000 millones de dólares. Pero, el acuerdo va mucho más allá del ámbito económico. El verdadero ganador, es la visión de un Internet fragmentado, más parecido al viejo mundo que a la red global ideada en sus orígenes. Una visión que hasta ahora tenía como grandes defensores a China y Rusia, a la que ahora se une un nuevo aliado, con Trump y EEUU. Según avisa Christoph Schmon, director de Políticas Internacionales de la Electronic Frontier Foundation (EFF): “Existe un riesgo real de que los usuarios queden encerrados en jardines amurallados nacionales”.
Cierre de fronteras en Internet
La EFF (Electronic Frontier Foundation), es una de las organizaciones más influyentes en el campo de los derechos digitales en todo el mundo. La fragmentación de la red es una de sus amenazas crecientes. Según ha declarado recientemente el Director de Política Internacional de EFF, Christoph Schmon: “Las leyes y órdenes nacionales están pensadas para regular asuntos internos, por lo que cierta fragmentación legal de Internet es inevitable. Sin embargo, la verdadera preocupación surge cuando estas medidas están mal dirigidas y corren el riesgo de segmentar la red global e interoperable en sistemas aislados”.
Añadía además: “El acuerdo sobre TikTok probablemente sea un paso en esa dirección, ya que trata a una plataforma global como un activo nacional que puede remodelarse o usarse como moneda de cambio para ejercer control interno”. “Aunque esto pueda reducir riesgos ligados a ByteDance y a la autoridad del gobierno chino, crea otros nuevos al someter la plataforma a la influencia de inversores políticamente alineados y del propio Gobierno estadounidense”.
El cambio de postura de Trump en el caso TikTok resulta incoherente. Su ambición inicial era en 2020, cerrar por completo la red social por motivos de seguridad, idea que quedó en vía muerta tras su derrota electoral. Durante la legislatura de su predecesor, Joe Biden, el Congreso decidió que la amenaza de la influencia china era lo bastante peligrosa como para seguir el camino iniciado por Trump. Por ello, el resultado fue la elaboración de una ley que forzaba a la venta de TikTok o su cierre, que recibió un amplio consenso de ambos partidos.
Cuando Trump regresó al poder, el tablero ya había cambiado. El republicano ya no quería cerrar la red social, firmando para ello cuatro prórrogas a la venta, tres más de las que la ley permitía. Ahora, consciente de su utilidad, siempre que permanezca bajo su control manifiesta abiertamente: “No era fan de TikTok, pero después de usarla me hice fan. Me ayudó a ganar las elecciones con una victoria aplastante”, según declaró ante los periodistas, tras su conversación telefónica con Xi Jinping, para cerrar el acuerdo de venta.
Pero ahora, el riesgo es mayor. Según declaraciones de Schmon: “Desde la perspectiva de los derechos digitales globales, cualquier compartimentación de Internet implica un riesgo de desigualdad digital y limita la capacidad de las personas de comunicarse libremente a través de las fronteras”.
La división de Internet, no sólo es un arma para proteger el territorio propio, sino también para proyectar poder y degradar la vida digital de otros países. La profesora Mailyn Fidler, lo explica en un análisis para la Harvard Law School publicado el pasado mes de junio. “Ahora se utiliza no sólo para cuidar el propio jardín amurallado, sino para perjudicar a los jardines de los demás”, avisa la profesora Fidler.
Según declara la profesora Fidler, una red más parecida al viejo mundo es una que replica la tensión que ya se vive en la realidad analógica y puede ser un campo de batalla.

Soberanía contra los derechos humanos
Ya en el año 2022, un grupo de 60 países entre los que se encontraban EE. UU. y España, firmaron un nuevo tratado para Internet. Reclamaban una nueva Declaración para el Futuro de Internet que incluyese a todos los socios que apoyan activamente que sea abierto, libre, global, interoperable, fiable y seguro. Afirmaban además, su compromiso de proteger y respetar los derechos humanos en línea y en todo el ecosistema digital.
Dicha Declaración, estuvo impulsada por EE.UU. y hablaba de defender la red global ante el aumento del autoritarismo digital, en el que algunos Estados actúan reprimiendo la libertad de expresión, censurando sitios de noticias independientes, interfiriendo en las elecciones, promoviendo la desinformación y negando a sus ciudadanos otros derechos humanos.
Era una reacción directa, contra la alianza de China y Rusia para cambiar las normas de Internet. El gigante asiático nunca aceptó la idea de una red global sin fronteras y construyó su propio ecosistema digital, separado del resto del mundo y bajo supervisión estatal. Tras la guerra de Ucrania, Rusia siguió sus pasos: escindió su red nacional con un “telón de acero digital” que llevaba años fraguándose, forzando a las plataformas occidentales a salir del país y obligando a los rusos a usar herramientas controladas por el Kremlin, siguiendo el modelo chino.

En ambos casos, dicha soberanía se ha traducido en una mayor censura y violaciones de los derechos humanos. Sus empresas digitales están sometidas a un férreo control gubernamental. Cualquier actor que no siga el guion, sea influencer o desarrollador de una nueva aplicación, puede desaparecer o verse obligado a exiliarse.
Ambos mandatarios, se comprometieron a extender esta visión para Internet. Su pacto, colaborar para hacerse con el control de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), el organismo de Naciones Unidas que da forma a las conexiones globales.
En primera instancia, no lo consiguieron, al contar EE. UU. con el apoyo del bloque occidental y colocar a su candidata en la presidencia en una votación clave. Era la primera vez que EE. UU. se movía para dirigir la UIT y frenar las aspiraciones de promover la división de la red por parte de China y Rusia. El movimiento, sirvió para defender a sus gigantes tecnológicos y su rol como puertas de entrada al Internet global, pero también a la concepción de una red abierta contra la deriva autoritaria de Pekín y Moscú.
Esta vez, con el reparto de TikTok, EE. UU. se mueve, pero en el sentido contrario. Con el apretón de manos entre Trump y Jinping, China pierde el control de los usuarios estadounidenses de la red social de vídeo, ganando un aliado para su visión de un Internet con fronteras, convertido en campo de batalla.
Conclusión
La creciente intervención de los gobiernos en el control de aplicaciones como en el caso de TikTok, refleja una tensión cada vez más palpable entre la soberanía digital y la libertad global en Internet. Si bien, es legítimo que los Estados busquen proteger la seguridad nacional, la privacidad de sus ciudadanos y la integridad de sus sistemas, el riesgo de que estas medidas se conviertan en herramientas de censura o fragmentación digital es alarmante.
La tendencia hacia un Internet fragmentado, donde cada país impone sus propias reglas, bloqueos y restricciones, amenaza con desmantelar el carácter abierto, colaborativo y universal que ha definido la red desde sus orígenes. Esta deriva no sólo limita el acceso a la información y la innovación, sino que también puede erosionar los derechos fundamentales, como la libertad de expresión y el derecho a la comunicación global.
En este contexto, es fundamental fomentar un diálogo internacional que equilibre la seguridad con la apertura, y que promueva marcos éticos y técnicos que protejan tanto a los usuarios como a la estructura misma de Internet. Sólo así, se podrá evitar que el control legítimo se convierta en aislamiento digital, y que el futuro de la red sea uno de inclusión y no de división.


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