Las Smart TV o televisiones inteligentes, inevitablemente están sucediendo a los dispositivos convencionales con el paso del tiempo. Estos dispositivos conectables, se están procurando un espacio en nuestros hogares. Ello, al margen de las nuevas especificaciones con las que cuentan, servicios que ofrecen, menor consumo eléctrico, mejor definición o calidad de imagen, incluso instalación de aplicaciones en ellas, implica también un intercambio de información entre dispositivos y usuarios, recopilando cierta información que puede poner en peligro nuestra privacidad, que con demasiada frecuencia, cae en manos de terceros con fines comerciales. Por ello, vamos a tratar en esta publicación dicho aspecto.
En publicaciones anteriores, hemos llegado a comentar la frustración que generan ciertos procesos de uso cotidiano: tareas que, pese a su aparente sencillez, exigen cada vez un mayor esfuerzo cognitivo, por parte de las personas usuarias. Un ejemplo de ello, paradigmático, es la televisión: lo que antes era un aparato pasivo, se ha convertido en un servicio complejo, que además demanda la toma de decisiones, permisos y configuraciones.
Detrás de este fenómeno se encuentra, en gran medida, la lógica del growth o crecimiento del negocio. Cada espectador de una Smart TV, representa una oportunidad comercial: ya sea mediante anuncios directos o mediante la recolección de datos que permiten vender audiencias a los anunciantes. Dicha monetización, explica por qué los fabricantes y las plataformas, buscan capturar información de forma sistemática.
El caso americano
En Estados Unidos se han presentado ya demandas en el Estado de Texas, contra fabricantes como Sony, Samsung, LG, Hisense y TCL, que acusan a dichos proveedores de realizar capturas periódicas de la imagen mostrada en pantalla, analizarla, generar huellas digitales (fingerprinting) y enviar los datos a sus servidores. Según las querellas, el software ACR instalado en muchas Smart TV, captura el contenido que está siendo visionado y lo transforma en perfiles detallados del usuario, sin distinguir entre vídeos de YouTube, emisiones de streaming o incluso imágenes procedentes de cámaras de seguridad domésticas, lo que alcanza espacios de uso privado.
Hay que tener en cuenta, que aunque estemos viendo contenido a través de una app de streaming, como por ejemplo Netflix, Amazon Prime o Disney+, el sistema operativo de la televisión mantiene el control sobre la pantalla y, por tanto, la capacidad técnica para realizar capturas y acceder a datos que, en teoría, deberían quedar fuera de su alcance. Esa posibilidad, se explota para monitorizar ciertos hábitos de consumo y extraer insights, mediante técnicas avanzadas de Machine Learning.
Además, dichas capturas, no siempre requieren una conexión permanente: se registran en el dispositivo y son transmitidas cuando el televisor vuelve a conectarse a la red, lo que permite reconstruir rutinas como: a qué hora se enciende o apaga la tele, cuándo se ve cierto contenido o cuándo llega alguien a casa, por ejemplo. De este modo, se llegan a alimentar así modelos publicitarios. En la pantalla de la Smart TV, también pueden aparecer páginas web, consultas en aplicaciones bancarias, fotos personales, vídeos o partidas en una consola de videojuegos, lo que multiplica la cantidad y sensibilidad de los datos recopilados.

Imagen obtenida mediante el uso de IA.
Fines no justificados
El resultado, es la creación de perfiles personales que pueden llegar a emplearse con fines comerciales, incluso potencialmente políticos. Existen informes y artículos, que muestran cómo ciertas plataformas publicitarias, como es el caso de Samsung DSP, sobre el que se informa en la demanda interpuesta en Texas, que promueven el uso de estos datos para ofrecer anuncios segmentados con diversos intereses, incluso políticos. Las demandas, también han planteado riesgos de injerencia extranjera, alegando que ciertos fabricantes chinos podrían facilitar el acceso a dichos datos a actores estatales.
Un punto recurrente en las querellas, es la forma en que se solicita el consentimiento: la información ofrecida a las personas usuarias suele ser confusa, poco accesible y las opciones para aceptar o revocar permisos están ocultas, lo que dificulta ejercer un control real sobre el acceso a los datos.
Estos permisos se solicitan habitualmente durante la configuración inicial del dispositivo, en un momento en que el usuario desea poner en marcha su dispositivo, cuanto antes. La urgencia, facilita la aceptación rápida de términos y condiciones —el clásico “I Agree all”—, que favorece la obtención de consentimientos, que en muchos casos, no se comprenden plenamente o no han sido leídas todas las condiciones.


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